Testimonio
Muchas personas solo predican del Amor de Jesús en los tiempos en que vivimos. Verdaderamente esto es esencial y básico, pero transmite un grave peligro: el peligro de llegar a Dios a través del sentimentalismo y no a través de la razón y el conocimiento. Esto provoca en las mentes de muchas personas una limitación hacia la expansión mental, que proporciona el estudio vigoroso de las profecías, especialmente las vinculadas con el tiempo del fin, y se suelen excusar de hacer estas indagaciones debido a que sus mentes han quedado prendadas y se mueven exclusivamente a través de las emociones. Nuestras mentes suelen funcionar así, por eso el espíritu de profecía ya nos advirtió de ello, para que no cayésemos en este grave error.
Como muestra de cómo la palabra de Dios ya nos advertía de esto y nos ponía las cosas en su orden correcto, citemos dos versículos de los cuales solo se suele hacer referencia al primero de ellos, olvidando su continuación: ” Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor” Seguid el amor; y procurar los dones espirituales, PERO SOBRE TODO QUE PROFETICEIS.” 1 corintios 13:13, 14:1 Con estos dos textos juntos tal como fueron escritos, sin la separación de capítulos y versículos, queda claramente evidenciado que el amor sin predicar la profecía no sería un verdadero amor, por lo cual no estaríamos obedeciendo el mandato divino y nos estaríamos auto engañando para defender nuestra cobarde postura. Que Dios nos ayude a hacer las cosas como deben hacerse y a predicar que Jesús viene pronto y a mostrar las señales que lo anuncian.
Aquí tenéis testimonios que confirman lo expuesto, para que nadie pueda decir que las profecías del tiempo del fin alejan a las personas de Cristo, tal como algunos alegan, mintiendo.
Reflexión.
Algunos que profesan a Cristo se están esforzando hasta lo sumo para vivir y actuar de tal manera que su fe religiosa se recomiende a sí misma ante las personas de valor moral, a fin de que sean inducidas a aceptar la verdad. Pero hay muchos que ni siquiera sienten la responsabilidad de mantener sus propias almas en el amor de Dios, y quienes, en vez de bendecir a otros por su influencia, son una carga para los que desearían trabajar, velar y orar...
Quienes están buscando exaltar la verdad de Cristo con humildad de mente por su trayectoria ejemplar, son representados en la Palabra de Dios por el oro fino; mientras que el grupo cuyo pensamiento y concentración principal es exhibirse a sí mismos, como metal que resuena y címbalo que retiñe...
Ningún hombre o mujer puede triunfar en el servicio de Dios sin poner toda el alma en la obra y sin contar todo como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo. Los que retienen alguna reserva, que se niegan a dar todo lo que tienen, no pueden ser discípulos de Cristo; y mucho menos sus colaboradores. La consagración debe ser completa... Jesús ha ido a preparar mansiones para los que están velando y esperando su venida. Allí conocerán a los ángeles puros y a la multitud de los redimidos, y se unirán a sus cantos de alabanza y triunfo. Allí el amor del Salvador rodea a su pueblo y la ciudad de Dios es alumbrada con la luz de su rostro; una ciudad cuyos muros, altos y magníficos, están adornados de toda clase de piedras preciosas, cuyas puertas son perlas, y cuyas calles son de oro puro, como vidrio transparente –Review and Herald, 3 de junio de1880.
Cuidado con los lobos vestidos de ovejas.
“Habrá, aun entre nosotros, mercenarios y lobos con vestidos de ovejas que persuadirán al rebaño de Dios a presentar sacrificios a otros dioses delante del Señor... Jóvenes que no están establecidos, arraigados y afirmados en la verdad, serán corrompidos y arrastrados por ciegos que guían a otros ciegos; y los impíos, los despreciadores que dudan y perecen, que desprecian la soberanía del Anciano de días y colocan en el trono un falso dios, un ser de su propia definición, un ser totalmente semejante a ellos mismos, serán agentes en las manos de Satanás para corromper la fe de los incautos.” (Mensajes Selectos, T. 3, pág. 454).
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