Reflexión 2 Corintios 7:10

"Porque la tristeza que es según Dios genera arrepentimiento para salvación, de que no hay que lamentarse; pero la tristeza del mundo degenera en muerte." 2 Corintios 7:10

Gozémonos de sentir que por intentar seguir a Cristo, sentimos tristeza, pues nos lleva al verdadero arrepentimiento, el cual es para salvación, por tanto.... bienvenida sea.... de hecho es señal de que intentamos hacer lo correcto. Estar triste por ver que a pesar de querer intentarlo, y de hecho, de llegar a intentarlo con todo tu corazón, no llegamos a ver la voluntad de Dios para nosotros, o por que vemos que somos pecadores empedernidos, sólo nos acercará más a Cristo... De lo contrario estar tristes porque no hacemos lo que el mundo quiere, o por que no contentamos a esa u otra persona del mundo, o a las normas sociales o morales de éste, nos va a alejar de Dios. Así pues hermanos y hermanas, se concluye que en función de aquello por lo que nos entristamos sabremos si estamos en el buen camino para con Cristo nuestro Señor.

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“No temas”

Jesús se le apareció al Apóstol Pablo en un momento de suma dificultad: cuando todo se veía negro e incluso sus enemigos querían matarlo.
Es verdad, ¿sabes? hay momentos en la vida en que necesitamos una intervención directa del Señor en nuestras vidas: un milagro poderoso. Tienes todo el derecho como hijo de pedirle a tu Padre que intervenga cuando lo necesites, que te hable, que te guíe, que te ayude.
Y para darle paz a su corazón, el mismo Jesús se le apareció al Apóstol Pablo y le dijo: “… no temas, confía, Yo tengo un propósito para tu vida…” . Jesús mismo intervino en un momento de desesperación para darle fortaleza, y es lo mismo que sucede contigo el día de hoy, mientras lees estas palabras. Él ha venido hoy a rescatarte, Él te dice: “NO TEMAS”… deja los pensamientos de derrota que quieren hundirte… Cree en mí, descansa… Llegará para ti el momento de la victoria… si tan solo puedes creer…
¿Lo crees?

La vida no es un juego.

De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí. (Romanos 14: 12)

Todos nosotros, como seres bendecidos por Dios con facultades de razonamiento, inteligencia y juicio, deberíamos reconocer nuestra responsabilidad ante Dios. La vida que nos ha dado es una responsabilidad sagrada, y ningún momento de ella ha de ser considerado livianamente, pues hemos de encontrarlo nuevamente en el registro del juicio. Nuestras vidas están tan ciertamente trazadas en los libros del cielo como una fotografía en la placa del fotógrafo. No sólo se nos hace responsables por lo que hacemos, sino por lo que hemos dejado sin hacer...

Es el amor a la comodidad egoísta, el amor al placer, vuestro amor propio, exaltación propia, lo que impide que aprendáis las preciosas lecciones de la vida en la escuela de Cristo. El deber del cristiano es no permitir que lo modelen el ambiente y las circunstancias, sino vivir por encima de los factores que lo rodean formando su carácter de acuerdo con el Modelo divino. Ha de ser fiel en cualquier lugar donde se encuentre. Ha de hacer su deber con fidelidad aprovechando las oportunidades que Dios le da, aprovechando al máximo sus talentos...

Si moráis en Cristo, aprendiendo de su escuela, no seréis rudos, faltos de honradez o desleales. La cruz de Cristo corta de raíz todas las pasiones y prácticas que no son santas. Cualquiera sea la naturaleza de vuestro trabajo, llevaréis a él los principios de Cristo y os identificaréis con la tarea entregada a vuestras manos. Vuestro interés será el de vuestro empleador. Si se os paga por vuestro tiempo, comprenderéis que el tiempo para trabajar no es vuestro, sino que pertenece al que os paga. Si sois descuidados y despilfarradores, malgastando material, derrochando tiempo, fallando en ser laboriosos y diligentes, se os registra en los libros del cielo como siervos infieles (Review and Herald, 22-9-1891). 96

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El canon de la Biblia: ¿cómo se formó?

De todos los libros conocidos en la historia humana, ninguno es tan singular en su origen, tan maravilloso en sus afirmaciones, tan dinámico en sus promesas, o tan abarcante en su mensaje como lo es la Biblia.

El canon de la Biblia: ¿cómo se formó?
No es un libro común. Es más, no es un libro solo, sino una biblioteca con 39 libros en el Antiguo Testamento y 27 en el Nuevo. Su composición llevó siglos, y su autoridad viene durando más todavía.
El primero de los 40 autores bíblicos (Moisés) está separado del último (Juan) por unos 1.600 años.
Los autores proceden de diversas profesiones y recibieron educación en todos los niveles concebibles, desde el más alto hasta el más bajo. Difirieron en su condición y ocupación: Algunos fueron ganaderos, pastores, soldados y pescadores; otros fueron reyes, legisladores, estadistas, cortesanos, sacerdotes, poetas y médicos.
Era inevitable que sus estilos literarios reflejasen las diferencias entre ellos. 
Algunos redactaron leyes; otros, poesía religiosa, y otros más, historia. Algunos emplearon prosa lírica; otros poesía lírica; unos escribían parábolas y alegorías, y otros biografías o diarios y memorias personales. Algunos escribieron profecía, y otros simplemente correspondencia personal.
Con toda esta diversidad, ¿cómo fue que los 66 libros llegaron a ser considerados lo suficientemente especiales o divinamente inspirados para ser incluidos en lo que hoy llamamos el “Canon” de la Biblia?
Lo primero que tenemos que entender aquí es que ningún individuo ni grupo de individuos compiló la Biblia. La Biblia fue creciendo. Este principio se aplica tanto al Antiguo como al Nuevo Testamentos. El principio unificador que hace de la Biblia algo santo, diferente y orgánicamente viviente es Cristo mismo, quien trae salvación. Al contemplar el proceso por el cual se escribieron estos libros y llegaron a ser aceptados como inspirados, notamos que Aquel que es este principio unificador, estaba obrando también.

El canon del Antiguo Testamento

Pocos son los que se dan cuenta”, escribió George Smith, “que la Iglesia de Cristo posee una garantía superior para el canon del Antiguo Testamento que para el Nuevo”.1 Esta garantía superior consiste en la relación que Jesucristo estableció entre él mismo y los libros del Antiguo Testamento. Con frecuencia los citó como fuente de su autoridad. Tras la resurrección, les dijo a sus discípulos que la cruz y todo lo que le había ocurrido no era más que el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento. De hecho, hay profecías mesiánicas intercaladas en todo el Antiguo Testamento. Obviamente, el Nuevo Testamento no recibió el mismo peso de la autoridad de Jesucristo porque todavía no había sido escrito.